Desayunando en Natal (Día 2)

Jueves, 10 de Diciembre de 2009 | General

Desde que viajé por trabajo la primera vez con unos 19 años, siempre he encontrado fascinantes los desayunos en los hoteles. El desayuno está lleno de pequeños detalles que el observador aficionado descubre y disfruta en cada nuevo huésped que entra en el salón.

Generalmente la primera comida del día es un acto muy íntimo. Siempre lo he considerado como un ritual que desmerecemos demasiado por arañarle unos minutos más a Morfeo, pero que deberíamos realizar como es debido. Si es cierto eso de que el camino al corazón pasa por el estomago, no hay acto de amor (propio o ajeno) más grande que recibir el día con un zumito, algo de fruta y unas buenas tostadas de pande ayer con tomate y aceite (¡ay!, Dios, el pantumaca, dos días y ya lo echo de menos)

En fin, en los desayunos de los hoteles la gente se dirige como zombies hacia el buffet din reparar demasiado en el entorno, y generalmente acuden con los escudos bajados y la careta quitada. Esto es lo que permite observar la naturaleza de las personas en estado puro, sentado en un rincón, oculto tras una taza de café con leche y tomando nota como un buen naturalista.

Obviamente no voy a desvelar mis inconmensurables conocimientos sobre la naturaleza del ser humano en este blog, pero sí daré algunas pistas. Una de las situaciones que más se dan son las parejas jóvenes en las que uno de ellos (generalmente el) está hasta los mismísimos de vacaciones y quiere volver a casa lo antes posible (con o sin su pareja, eso ya da igual) Comen a ritmos distintos, callados, y mientras uno lee alguna clase de guía o folleto, el otro analiza las salidas de emergencia y valora si sobreviviría tras atravesar una ventana y caer desde un cuarto piso.

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